Roger

Mi querido Roger:

El 15 de julio escribí una entrada en este blog en donde cuento un poco sobre ti. Hablé de la primera vez que nos vimos, justo 5 años antes, del entrenamiento en Nueva York, de nuestra llegada a México, y de cómo tú, al igual que Helen, aprendieron español. Lo titulé Cinco años con Roger para conmemorar el aniversario de cuando nos conocimos, sin imaginarme que más que un título, esa frase cobraría un nuevo significado poco menos de un mes después.

Yo siempre he sido muy clavada en las fechas. Desde que era niña me gustaba calcular en qué día de la semana había caído o caería algún cumpleaños o día de asueto. Me parece entretenido encontrar coincidencias en las fechas o días, además de que en general tengo buena memoria para recordar cumpleaños e incluso cosas menos trascendentes como qué día fui al cine a ver alguna película en particular.

El jueves 7 de agosto de 2003 nos entregaron nuestro diploma tras haber completado el entrenamiento en Long Island. Nos graduamos oficialmente como equipo y empezaba una nueva etapa. Jamás pensé que exactamente cinco años después tendría que despedirme de ti. Todavía no dejo de pensar en los tiempos y en la extraña coincidencia de las fechas.

El 7 de agosto de 2008, que por cierto también fue jueves, estábamos en Canadá, viviendo con J y los gatos justo desde hacía un año. Habíamos sobrevivido el invierno más crudo y con más nieve desde 1939, y yo ya me sentía bien encarrilada en el PhD, después de haber tomado los cursos más difíciles de toda mi vida y pasado los exámenes, además de haber superado alguna que otra crisis existencial. Gracias a tu ayuda, me sentía muy cómoda moviéndome aquí de manera independiente, aprovechando y embriagada con una libertad que no había conocido jamás en el D.F.

Ese día decidí bañarte en la mañana, para que estuvieras guapo y limpio para recibir a tus abuelos, mis papás que llegaban al día siguiente a pasar unos días de vacaciones con nosotros. Poco después de regresar de sacarte como todas las mañanas preparé las cosas en el baño y te llamé como siempre… y como siempre lo habías hecho, tú no querías bañarte, y mustiamente me ignorabas como si no oyeras. Como de costumbre, te soborné con una zanahoria bebé, pero cuando llegaste al baño no te la comiste. Aunque me pareció un poco raro, no le di mayor importancia. Te dejaste bañar apáticamente, pero cuando terminamos no te pusiste feliz como siempre, ni te sacudiste el agua, ni te saliste corriendo de la tina empapando todo, ni te empezaste a restregar contra la toalla ni moviste la cola como loco de felicidad. En lugar de eso, simplemente te echaste en el suelo y me dejaste secarte. Después llegó J y juntos intentábamos entender por qué estarías tan raro. Yo llegué a pensar en que te habías envenenado con algo que comiste en la calle sin que yo me diera cuenta.

A las pocas horas ya no querías levantarte, teníamos casi que cargarte para que te pararas. Llamé al vet para avisar que te iba a llevar y pedimos un taxi. Todavía te puse tu arnés para que fuera evidente que eras un perro guía y no perder el tiempo explicándole nada al taxista. Aunque te costó trabajo salir del taxi, entraste al consultorio caminando y al llegar te echaste en la sala de espera, en donde te examinaron y te hicieron varios análisis. Nos dijeron que había algo muy mal con tu corazón y que nos fuéramos a la sala de emergencias del hospital para animales, en donde el cardiólogo ya te estaba esperando.

Cuando Lynn, una señora que había llegado con su hijo a recoger a su perro que acababan de esterilizar, oyó que teníamos que irnos de urgencia nos ofreció llevarnos y con ello se ganó mi eterna gratitud. En verdad fue como un ángel guardián en ese momento. Tú estabas ya muy débil y te pusieron en una camilla que subieron en su camioneta. Llegamos al hospital en donde ingresaste a emergencias inmediatamente.

Menos de una hora más tarde, poco después de que terminamos de arreglar el papeleo de tu llegada a ese lugar, salió Karen, la doctora que llevaba tu caso. Nos informó que tenías una acumulación de líquido en torno al corazón, que le impedía latir de manera efectiva. ¡Por eso estabas tan débil! Ya te habían punzado para drenar el líquido y que así el corazón pudiera latir bien, estabas más estable y dentro de poco tiempo te veríamos. Te habían hecho más estudios y pronto tendríamos más información. Aunque Karen sí me dijo que era muy optimista pensar que tú volverías a trabajar, yo tenía esperanza de que te curaras y hasta me puse a pensar en la logística para llevarte a México usando por última vezz tu arnés y que así pudieras volar en la cabina del avión conmigo y que disfrutaras un muy merecido retiro en casa de mis papás.

Al poco tiempo Karen nos dio el diagnóstico: hemangiosarcoma. Se trata de un cáncer maligno de las células que forman los vasos sanguíneos. Este tipo de tumores se llenan de sangre y eventualmente se rompen, y es cuando esto sucede que se descubre la enfermedad en los perros. El hemangiosarcoma es un tumor sumamente agresivo, que se forma en aquellos órganos en donde hay mucha sangre como el bazo, el hígado y el corazón, y generalmente hace metástasis.

Karen nos dijo que si optábamos por seguir un tratamiento más conservador, en el que sólo te mantuvieran estable, estaríamos juntos unos pocos días más, diez en el mejor de los casos. También nos habló de cirugía y quimioterapia, con sobrevida de alrededor de seis meses. A mí me costaba asimilar todo lo que estaba pasando. Pero dado el pronóstico, J y yo planeamos traerte a la casa una vez que estuvieras más estable para consentirte unos días antes de despedirnos.

El resto de esa tarde estuvimos contigo en el área de terapia intensiva. Estabas muy adormilado, pero sí nos reconocías, levantabas la cabeza y hasta nos dabas la mano, como lo hiciste conmigo desde el primer día . Por supuesto tendrías que pasar ahí la noche, pero queríamos estar contigo lo más posible antes de irnos a la casa. Poco antes de que nos fuéramos, te volvieron a examinar. Tu corazón estaba lleno de fluido nuevamente, se había vuelto a formar en sólo tres horas. Karen habló con nosotros y nos dijo que tenían que volver a punzarte para estabilizarte de nuevo y que estos episodios podrían volver a repetirse en cualquier momento, que no sobrevivirías la noche. Te pusieron más suero, lo cual te estabilizó un poco, pero cada vez estabas más débil. Básicamente, tu cuerpo había ya tomado la decisión por nosotros. Aunque por supuesto yo estaba en shock, lo único que quería era evitar que tú sufrieras más y aunque se me partió el corazón, había llegado el momento de dormirte. Dejé de oír al resto del personal del hospital y a los otros animales que estaban también en terapia intensiva. J y yo estábamos en el suelo contigo, los tres fundidos en un abrazo fuerte e intenso, y Karen, ayudando a que te fueras en paz. Yo traté de contener las lágrimas tanto como pude, pues tú nunca soportaste que yo llorara.

El mundo se me vino encima. Tú, un perrote tan fuerte e inteligente, que podía sortear toda clase de obstáculos y guiarme aunque lloviera, tronara, nevara y hasta temblara (nos tocó al menos un temblor en la oficina en el D.F.), tan indefenso ante una enfermedad así. Tú, que el día anterior habías trabajado como siempre, jamás mostraste ningún síntoma. Todo sucedió en poco más de doce horas. Aunque lo rápido y sorpresivo del asunto lo hizo muy difícil para mí, sí agradezco que tú no sufriste mucho, que viviste hasta el último de tus días intensamente disfrutando tu trabajo, poniéndote feliz cuando te decía que habías hecho algo bien y siendo cariñoso hasta el último momento. Como los grandes, te fuiste en la cúspide.

Cuando esa noche J y yo llegamos a la casa abrimos una botella de tequila y brindamos por ti muchas, muchas veces. Todavía de repente me parece escuchar el sonido de tu collar y tus plaquitas, y hasta tus chilliditos casi imperceptibles, como cuando pedías atención especialmente si me veías acariciando a alguno de los gatos.

Al principio me sentí culpable. Pensé que el stress al que estuviste sometido con todos los cambios y teniendo que trabajar mucho más desde nuestra mudanza a Toronto habría tenido algo que ver. Pero ahora que he leído más sobre el hemangiosarcoma entiendo que nada de lo que yo hice o pude haber hecho hubiera cambiado las cosas. En la mayoría de los casos la presencia del tumor se descubre cuando ya es demasiado tarde, después de que su ruptura provoca hemorragias internas o anemia que hacen que los perros colapsen, o como en tu caso, generan una falla cardiaca. Como leí en algunos sitios, es un asesino silencioso (silent killer).

Roger, todavía te extraño, pero quiero que sepas que estoy bien y seguiré adelante. Aceptar tu pérdida no ha sido fácil, aunque no dejo de reconocer que dentro de todo, tuvimos mucha suerte. Incluso suponiendo que hubiéramos podido detectar tu enfermedad unos meses antes, con un pronóstico tan malo no me hubiera gustado someterte a un tratamiento que te hiciera sufrir innecesariamente y sentirte mal. Por supuesto que te habría jubilado para que disfrutaras tu vida sin trabajar mientras yo entrenaba con un nuevo perro guía y muy probablemente habríamos tenido que separarnos. Pero el saber que te quedaba tan poco tiempo con nosotros hubiera sido horrible.

Siempre pensé que estarías conmigo cuando yo terminara el PhD y poder así llamarte Dr. Roger. Me habría gustado mucho que hubieras podido disfrutar unos años sin trabajar, tal como Helen. Pero las cosas no siempre son como las planeamos. Y a pesar de que el tiempo que estuvimos juntos fue relativamente corto, fue muy intenso. Tú, mi segundo perro guía, siempre alerta, siempre dispuesto a trabajar en el momento que yo quisiera. Me enseñaste tantas cosas… J y yo decíamos que eras un perro sabio. Tenías mucha personalidad y una capacidad fuera de serie para comunicarte y expresar lo que querías. Te preocupabas tanto cuando yo estaba triste o enojada. El vínculo que nos une es muy fuerte. ¡Conociste todos mis secretos! Fuiste para mí mucho más que un guía. Viajamos, compartimos muchas aventuras y anécdotas, juntos superamos situaciones difíciles. Me encanta que hayas sido un perro NAFTA: nacido en EEUU, que vivió en México y después emigró a Canadá. Intenso y ocurrente en todo lo que hacías, incluidas tus travesuras, como cuando te comiste los 200 pesos que yo había dejado sobre mi cómoda.

Tú seguirás viviendo en mi recuerdo y en el de toda la gente que te conoció, ¡que fue mucha! Y como Helen, estarás presente en cada uno de mis éxitos. Ambos me dieron libertad y me acompañaron en etapas muy importantes de mi vida. Tú me diste la seguridad y confianza que necesitaba para empezar en una ciudad nueva y desconocida y me dejaste ya encaminada en Canadá. Descansa en paz, mi adorado perro guía. ¡Misión cumplida!

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4 Respuestas a “Roger

  1. Chale por más situaciones parecidas por las que cualquiera haya pasado siempre serán muy diferentes :S

    Qué gran homenaje a Roger.

    Un abrazote a los dos.

  2. Me ha emocionado mucho leer tu carta a Roger. Es un fragmento de literatura salida del corazón, contiene y evoca emociones profundas, amor, generosidad, fortaleza. Muchas gracias por compartir con los que te leemos algo así de verdadero. Sabemos que la vida es pérdida, pero sufrimos cuando perdemos. Tu carta me ha hecho llorar, pobriño Roger y cómo ha sido todo de repentino, un azote de la vida; pero tus palabras de amor hacia él, y tu manera de afrontarlo y compartirlo, me han llenado de esperanza.
    un beso enorme

  3. Estoy pasando por la dolorosa experiencia de perder a mi adorado perro, Fromm, 17años con el dandome su cariño y total entrega. Solo los que tenemos perro sabemos lo que significa. Tu carta me ha hecho llorar, me ha emocionado y a la vez me ha servido de consuelo. Tambien tuvimos que dormirle pues no merecia sufrir. Duele cuando se van pero haberlos tenido a nuestro lado ha sido un lujo. Un trozo de mi corazón es suyo. Todo lo mejor para ti.Un abrazo muy fuerte.

  4. Tu Roger me recordó a Karenin, la perra de Teresa en la Insoportable levedad del ser. Suerte a tu amigo, cómplice y compañero de viaje.

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