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Prueba de fuego

El sábado en la madrugada, a eso de las 5:00 sonó la alarma de incendios. Al principio pensé que era una pesadilla, pero cuando me di cuenta que era real, desperté a J a gritos, me vestí con lo primero que encontré para salir y mientras llamaba a Luke, tomé los pasaportes y agarré la bolsa que había usado el día anterior (irónicamente era una de las chicas, por lo que traía muy pocas cosas). Le puse el arnés a Luke y nosotros salimos primero, en lo que J lograba tomar a los gatos, que estaban asustados y habían corrido a esconderse. Aunque hacia el otro extremo del pasillo olía a humo y como a plástico quemado, me di cuenta que el problema no estaba en nuestro piso. Comencé a bajar las escaleras con Luke. Nos Fuimos encontrando más vecinos que bajaban y finalmente llegamos al primer piso, en donde salimos. Luke bastante tranquilo, me guiaba siguiendo a la gente. Me dijeron que ya estaban los bomberos ahí. Aunque seguía sonando la alarma y continuaba bajando más gente, la situación parecía estar siendo controlada. En eso llegó J con Moncho que estaba asustadísimo y no dejaba de maullar y me lo dejó, para que él pudiera regresar a recoger a Francisca porque se había escondido y él no podía con los dos gatos. En eso me di cuenta de que ¡había olvidado mi celular! Y comencé a pensar en todas mis cosas… y en que ojalá a nuestro departamento no le pasara nada y que todo quedara en un susto. Alguien comentó que al menos no había sido a las 3:00 AM y yo dije que más bien menos mal que no estábamos a -20 grados centígrados, como el fin de semana anterior y principios de esa misma semana. No quiero ni imaginarme tener que salir así con nieve y -30 grados con viento; seguro no habría tiempo de buscar los guantes, gorro, y todo lo demás. En ese momento debemos haber estado a cero grados, y la verdad no se sentía tanto frío (todo es relativo).

Finalmente llegó J con Francisca. Aunque yo no traía reloj, calculo que el pobre bajó, me dejó a Moncho, subió y volvió a bajar los ocho pisos por las escaleras en alrededor de cinco minutos. Una vez juntos, nos fuimos acercando al frente del edificio, en donde la gente estaba reuniéndose para ver qué noticias había y cómo iba la cosa. Yo estaba un poco preocupada de que cuando Luke viera a los otros perros del edificio (muchos de los cuales estaban ladrando) con sus dueños querría irse con ellos a jugar (como hace muchas veces al ver un perro) y yo tendría que corregirlo, lo cuál podría hacer más difícil la cosa. Pero para mi sorpresa, Lucas los ignoró y siguió caminando hasta que llegamos al estacionamiento. Ahí nos encontramos a dos parejas de amigos (también con sus gatos) que coincidentemente viven en el mismo edificio y nos quedamos esperando hasta que nos dijeron que ya no había peligro y la gente empezó a entrar al edificio y subir a sus departamentos.

El problema fue en uno de los departamentos del primer piso, en donde alguien estaba haciendo papas a la francesa… se le olvidó apagar la estufa y finalmente se incendió la cocina. No sé cuánto tiempo pasó desde que sonó la alarma hasta que llegaron los bomberos, pero sí me impresionó la eficiencia. Por cierto, ese día también nos enteramos que si hace mucho frío, casi junto con los bomberos llegan camiones para que la gente se refugie en lo que controlan el incendio y no tener que estar a la intemperie. Es bueno saber eso.

Cuando era niña en una ocasión estando de viaje con mis papás y mi hermano tuvimos que salir corriendo de nuestro cuarto a media noche en un hotel de San Antonio porque había un pequeño incendio. En esa ocasión tampoco pasó nada grave y pudimos regresar a nuestro cuarto relativamente rápido. Desde esa experiencia (además de que soy previsora y paranoide), procuro tener unos zapatos y algo con que cubrirme al alcance de la mano por cualquier cosa. Sin embargo, esta vez también aprendimos otras lecciones: de entrada, ya tenemos las transportadoras de los gatos en la casa y no hasta abajo en la bodega por si necesitamos sacarlos de emergencia como ese día y no tener que hacerlo en los brazos, con el riesgo de que se nos escapen. Además, ahora sí tendremos preparada una mochila o portafolio con nuestros papeles más importantes. Yo pienso meter ahí un disco duro con el respaldo de mis documentos electrónicos.

Lo que más me dio gusto, aparte, claro, de que la cosa no pasara a mayores, fue la reacción y responsabilidad de Luke. Yo pensaba que al ver a los otros perros se iría a jugar, pero mostró una cordura impresionante. Yo digo que ese día maduró. Ciertamente todo era extraño… el ruido de la alarma, yo levantándome y despertando a J a gritos en medio de la noche, todos corriendo y saliendo del edificio en masa. Entendió que se trataba de algo serio y que yo lo necesitaba, no era momento de jugar. Mi perro se portó a la altura de las circunstancias. Literalmente, ¡superamos la prueba de fuego!

Un tal Lucas

Mi nuevo perro guía es una cruza de labrador con Golden de color negro. Es un perro alto y sólido, sorprendentemente parecido a Roger físicamente. Se llama Luke y nació el 30 de marzo de 2007 (el mismo día que yo daba una presentación sobre Estados débiles y fallidos en mi clase de política comparada de países en desarrollo). El nombre de Luke me encanta; así como Helen en español era Helenita y Roger Rogelio, Luke es Lucas.

Desde las 8 semanas de nacido hasta el 30 de junio de 2008 Luke vivió en Brooklyn con su Puppy Walker, quien hizo un excelente trabajo con él. Así que es un perro de ciudad desde cachorro; lo llevaban varias veces a la semana en el metro y además vivió en un clima muy parecido al de Toronto, lo cual supongo que tuvo mucho que ver en el matching process.

Después de que supe su nombre, raza y color lo único que quería era verlo. Lo conocí el 13 de enero (el día después de llegar a la escuela). Yo estaba feliz de que fuera un perro negro, por varias razones: para empezar, ¡el negro combina con todo! La mayoría de mis pantalones de vestir son negros, así que para mí es más práctico tener un perro obscuro, por eso de los pelos. Por otro lado, el negro es negro y ya, no hay diferencia como sucede con los labradores amarillos o los golden, que pueden variar desde marfil hasta rojizo, por lo que, habiendo visto los colores antes, ya sé exactamente cómo es mi perro. Dicho todo lo anterior, yo estaba abierta a recibir un perro que no fuera negro, siempre que fuera un buen match para mí; el hecho de que sea negro fue una afortunada coincidencia. Cuando Doug, el instructor, me trajo a Luke a mi cuarto y yo lo llamé para acariciarlo, vino contento, pero cuando Doug se fue para dejarnos solos e iniciar así nuestra relación (el bonding process), Luke se quedó viendo a la puerta, aunque después se dejó acariciar moviendo la cola y se echó en el suelo. De repente cuando oía al entrenador a lo lejos gemía un poquito, como queriendo ir con él. Luke tuvo que aprender a obedecerme y respetarme de la noche a la mañana, sin haberme visto nunca antes.

Por lo general, el curso en la escuela con un nuevo perro guía dura 26 días. Inicia con cosas muy sencillas, como calles y caminos rectos, y gradualmente aumenta el nivel de dificultad. Esta vez tuve la oportunidad de tomar un entrenamiento combinado, parte en la escuela en Nueva York y parte en Toronto. Estuve allá doce días que fueron super intensivos. La próxima semana viene el entrenador a Toronto para supervisar cómo vamos y terminar lo que haya quedado pendiente; después de eso ya estaremos oficialmente graduados como equipo.

La primera caminata con Luke ya con el arnés fue en un parque, en línea recta sin cruces de calles; como quien dice, el objetivo es medir al perro: ver a qué velocidad camina, con qué fuerza jala, qué tan responsivo es a los comandos, etc. Lo que hizo de esa caminata un reto fue el hielo, pero lo sorteamos bastante bien. Justo a la semana de habernos conocido fuimos a Manhattan, para entrenar allá en el metro, en una zona completamente urbana. El primer día fuimos en tren desde Long Island hasta Brooklyn, en donde tomamos el metro para luego caminar sobre el puente de Brooklyn y llegar así a Manhattan, tomar el metro de nuevo y caminar un poco en la calle. Hacía mucho frío pero había sol y la caminata en el puente estuvo increíble. La vista era espectacular: de un lado la ciudad de Nueva York y del otro, la Estatua de la Libertad y Ellis Island. Después de más de cinco meses sin un perro guía, el poder caminar con tanta soltura y libertad por un lugar desconocido, con los ruidos de los coches y el río debajo del puente y El viento en la cara, fue algo casi mágico. Al día siguiente nos concentramos en caminar entre la gente y cruzar calles. Luke se mueve perfectamente bien entre las multitudes y no le incomodan en lo absoluto los ruidos fuertes.

El tiempo promedio para que un nuevo equipo funcione como unidad es de seis meses a un año. Él tiene que acostumbrarse a mí y vice versa. Por ejemplo, él debe aprender a jalarme con un poco más de fuerza para que en caso que traiga una bolsa grande en el lado derecho no rose con ningún obstáculo, yo debo aprender cómo me jala, cómo se detiene, cómo reacciona con el tráfico, cómo se mueve y demás, hasta que ambos conozcamos perfectamente nuestro lenguaje corporal y hagamos las cosas casi en automático. Cada perro tiene una personalidad distinta y es difícil no compararlo con el anterior. Luke aún no cumple dos años y a veces se comporta como adolescente. Aún se distrae un poco cuando ve algún perro en la calle. Además, todavía le tengo que recordar que se fije en la curb, para que se detenga en el lugar adecuado en la esquina, lo cual ahora es más complicado por los bancos de nieve y los charcos helados. Pero es un perro muy inteligente que aprende muy rápido y además le gusta mucho su trabajo, así que es cuestión de perseverancia, paciencia, ser constante y consistente. Sí es mucho trabajo, ¡pero definitivamente vale la pena! No cambio por nada el tener un perro guía.

Cuando llegamos a la casa seguí las instrucciones del entrenador y dejé a Luke oler a los gatos, pero aún agarrado con la correa. Francisca sí le hisseó bastante cuando él se acercó a ella y ahora Luke toma su distancia, aunque es bastante intrépido y la huele cuando tiene oportunidad. A diferencia de Roger, creo que Moncho y Lucas serán muy buenos amigos. Desde el principio se olieron las narices y las colas y se buscan mutuamente. Luke quisiera jugar con Moncho, pero cuando el gato corre, el perro lo persigue a toda velocidad (sin darse cuenta de la diferencia de tamaño), lo cual por supuesto asusta un poco a Moncho. Con todo, en ese sentido la cosa está siendo más fácil de lo que yo pensé.

Yo tengo que estar en control todo el tiempo en esta etapa de ajuste, en la que la interacción con otras personas debe ser mínima. J ha sido super apoyador con eso también; aunque se le antoja muchísimo jugar con el perro, entiende que es importante que Luke sólo me haga caso a mí y se limita a hacerle una caricia de vez en cuando. Una vez que ya estemos bien acoplados, Lucas disfrutará de muchos privilegios, como jugar con J.