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Prueba de fuego

El sábado en la madrugada, a eso de las 5:00 sonó la alarma de incendios. Al principio pensé que era una pesadilla, pero cuando me di cuenta que era real, desperté a J a gritos, me vestí con lo primero que encontré para salir y mientras llamaba a Luke, tomé los pasaportes y agarré la bolsa que había usado el día anterior (irónicamente era una de las chicas, por lo que traía muy pocas cosas). Le puse el arnés a Luke y nosotros salimos primero, en lo que J lograba tomar a los gatos, que estaban asustados y habían corrido a esconderse. Aunque hacia el otro extremo del pasillo olía a humo y como a plástico quemado, me di cuenta que el problema no estaba en nuestro piso. Comencé a bajar las escaleras con Luke. Nos Fuimos encontrando más vecinos que bajaban y finalmente llegamos al primer piso, en donde salimos. Luke bastante tranquilo, me guiaba siguiendo a la gente. Me dijeron que ya estaban los bomberos ahí. Aunque seguía sonando la alarma y continuaba bajando más gente, la situación parecía estar siendo controlada. En eso llegó J con Moncho que estaba asustadísimo y no dejaba de maullar y me lo dejó, para que él pudiera regresar a recoger a Francisca porque se había escondido y él no podía con los dos gatos. En eso me di cuenta de que ¡había olvidado mi celular! Y comencé a pensar en todas mis cosas… y en que ojalá a nuestro departamento no le pasara nada y que todo quedara en un susto. Alguien comentó que al menos no había sido a las 3:00 AM y yo dije que más bien menos mal que no estábamos a -20 grados centígrados, como el fin de semana anterior y principios de esa misma semana. No quiero ni imaginarme tener que salir así con nieve y -30 grados con viento; seguro no habría tiempo de buscar los guantes, gorro, y todo lo demás. En ese momento debemos haber estado a cero grados, y la verdad no se sentía tanto frío (todo es relativo).

Finalmente llegó J con Francisca. Aunque yo no traía reloj, calculo que el pobre bajó, me dejó a Moncho, subió y volvió a bajar los ocho pisos por las escaleras en alrededor de cinco minutos. Una vez juntos, nos fuimos acercando al frente del edificio, en donde la gente estaba reuniéndose para ver qué noticias había y cómo iba la cosa. Yo estaba un poco preocupada de que cuando Luke viera a los otros perros del edificio (muchos de los cuales estaban ladrando) con sus dueños querría irse con ellos a jugar (como hace muchas veces al ver un perro) y yo tendría que corregirlo, lo cuál podría hacer más difícil la cosa. Pero para mi sorpresa, Lucas los ignoró y siguió caminando hasta que llegamos al estacionamiento. Ahí nos encontramos a dos parejas de amigos (también con sus gatos) que coincidentemente viven en el mismo edificio y nos quedamos esperando hasta que nos dijeron que ya no había peligro y la gente empezó a entrar al edificio y subir a sus departamentos.

El problema fue en uno de los departamentos del primer piso, en donde alguien estaba haciendo papas a la francesa… se le olvidó apagar la estufa y finalmente se incendió la cocina. No sé cuánto tiempo pasó desde que sonó la alarma hasta que llegaron los bomberos, pero sí me impresionó la eficiencia. Por cierto, ese día también nos enteramos que si hace mucho frío, casi junto con los bomberos llegan camiones para que la gente se refugie en lo que controlan el incendio y no tener que estar a la intemperie. Es bueno saber eso.

Cuando era niña en una ocasión estando de viaje con mis papás y mi hermano tuvimos que salir corriendo de nuestro cuarto a media noche en un hotel de San Antonio porque había un pequeño incendio. En esa ocasión tampoco pasó nada grave y pudimos regresar a nuestro cuarto relativamente rápido. Desde esa experiencia (además de que soy previsora y paranoide), procuro tener unos zapatos y algo con que cubrirme al alcance de la mano por cualquier cosa. Sin embargo, esta vez también aprendimos otras lecciones: de entrada, ya tenemos las transportadoras de los gatos en la casa y no hasta abajo en la bodega por si necesitamos sacarlos de emergencia como ese día y no tener que hacerlo en los brazos, con el riesgo de que se nos escapen. Además, ahora sí tendremos preparada una mochila o portafolio con nuestros papeles más importantes. Yo pienso meter ahí un disco duro con el respaldo de mis documentos electrónicos.

Lo que más me dio gusto, aparte, claro, de que la cosa no pasara a mayores, fue la reacción y responsabilidad de Luke. Yo pensaba que al ver a los otros perros se iría a jugar, pero mostró una cordura impresionante. Yo digo que ese día maduró. Ciertamente todo era extraño… el ruido de la alarma, yo levantándome y despertando a J a gritos en medio de la noche, todos corriendo y saliendo del edificio en masa. Entendió que se trataba de algo serio y que yo lo necesitaba, no era momento de jugar. Mi perro se portó a la altura de las circunstancias. Literalmente, ¡superamos la prueba de fuego!

Un tal Lucas

Mi nuevo perro guía es una cruza de labrador con Golden de color negro. Es un perro alto y sólido, sorprendentemente parecido a Roger físicamente. Se llama Luke y nació el 30 de marzo de 2007 (el mismo día que yo daba una presentación sobre Estados débiles y fallidos en mi clase de política comparada de países en desarrollo). El nombre de Luke me encanta; así como Helen en español era Helenita y Roger Rogelio, Luke es Lucas.

Desde las 8 semanas de nacido hasta el 30 de junio de 2008 Luke vivió en Brooklyn con su Puppy Walker, quien hizo un excelente trabajo con él. Así que es un perro de ciudad desde cachorro; lo llevaban varias veces a la semana en el metro y además vivió en un clima muy parecido al de Toronto, lo cual supongo que tuvo mucho que ver en el matching process.

Después de que supe su nombre, raza y color lo único que quería era verlo. Lo conocí el 13 de enero (el día después de llegar a la escuela). Yo estaba feliz de que fuera un perro negro, por varias razones: para empezar, ¡el negro combina con todo! La mayoría de mis pantalones de vestir son negros, así que para mí es más práctico tener un perro obscuro, por eso de los pelos. Por otro lado, el negro es negro y ya, no hay diferencia como sucede con los labradores amarillos o los golden, que pueden variar desde marfil hasta rojizo, por lo que, habiendo visto los colores antes, ya sé exactamente cómo es mi perro. Dicho todo lo anterior, yo estaba abierta a recibir un perro que no fuera negro, siempre que fuera un buen match para mí; el hecho de que sea negro fue una afortunada coincidencia. Cuando Doug, el instructor, me trajo a Luke a mi cuarto y yo lo llamé para acariciarlo, vino contento, pero cuando Doug se fue para dejarnos solos e iniciar así nuestra relación (el bonding process), Luke se quedó viendo a la puerta, aunque después se dejó acariciar moviendo la cola y se echó en el suelo. De repente cuando oía al entrenador a lo lejos gemía un poquito, como queriendo ir con él. Luke tuvo que aprender a obedecerme y respetarme de la noche a la mañana, sin haberme visto nunca antes.

Por lo general, el curso en la escuela con un nuevo perro guía dura 26 días. Inicia con cosas muy sencillas, como calles y caminos rectos, y gradualmente aumenta el nivel de dificultad. Esta vez tuve la oportunidad de tomar un entrenamiento combinado, parte en la escuela en Nueva York y parte en Toronto. Estuve allá doce días que fueron super intensivos. La próxima semana viene el entrenador a Toronto para supervisar cómo vamos y terminar lo que haya quedado pendiente; después de eso ya estaremos oficialmente graduados como equipo.

La primera caminata con Luke ya con el arnés fue en un parque, en línea recta sin cruces de calles; como quien dice, el objetivo es medir al perro: ver a qué velocidad camina, con qué fuerza jala, qué tan responsivo es a los comandos, etc. Lo que hizo de esa caminata un reto fue el hielo, pero lo sorteamos bastante bien. Justo a la semana de habernos conocido fuimos a Manhattan, para entrenar allá en el metro, en una zona completamente urbana. El primer día fuimos en tren desde Long Island hasta Brooklyn, en donde tomamos el metro para luego caminar sobre el puente de Brooklyn y llegar así a Manhattan, tomar el metro de nuevo y caminar un poco en la calle. Hacía mucho frío pero había sol y la caminata en el puente estuvo increíble. La vista era espectacular: de un lado la ciudad de Nueva York y del otro, la Estatua de la Libertad y Ellis Island. Después de más de cinco meses sin un perro guía, el poder caminar con tanta soltura y libertad por un lugar desconocido, con los ruidos de los coches y el río debajo del puente y El viento en la cara, fue algo casi mágico. Al día siguiente nos concentramos en caminar entre la gente y cruzar calles. Luke se mueve perfectamente bien entre las multitudes y no le incomodan en lo absoluto los ruidos fuertes.

El tiempo promedio para que un nuevo equipo funcione como unidad es de seis meses a un año. Él tiene que acostumbrarse a mí y vice versa. Por ejemplo, él debe aprender a jalarme con un poco más de fuerza para que en caso que traiga una bolsa grande en el lado derecho no rose con ningún obstáculo, yo debo aprender cómo me jala, cómo se detiene, cómo reacciona con el tráfico, cómo se mueve y demás, hasta que ambos conozcamos perfectamente nuestro lenguaje corporal y hagamos las cosas casi en automático. Cada perro tiene una personalidad distinta y es difícil no compararlo con el anterior. Luke aún no cumple dos años y a veces se comporta como adolescente. Aún se distrae un poco cuando ve algún perro en la calle. Además, todavía le tengo que recordar que se fije en la curb, para que se detenga en el lugar adecuado en la esquina, lo cual ahora es más complicado por los bancos de nieve y los charcos helados. Pero es un perro muy inteligente que aprende muy rápido y además le gusta mucho su trabajo, así que es cuestión de perseverancia, paciencia, ser constante y consistente. Sí es mucho trabajo, ¡pero definitivamente vale la pena! No cambio por nada el tener un perro guía.

Cuando llegamos a la casa seguí las instrucciones del entrenador y dejé a Luke oler a los gatos, pero aún agarrado con la correa. Francisca sí le hisseó bastante cuando él se acercó a ella y ahora Luke toma su distancia, aunque es bastante intrépido y la huele cuando tiene oportunidad. A diferencia de Roger, creo que Moncho y Lucas serán muy buenos amigos. Desde el principio se olieron las narices y las colas y se buscan mutuamente. Luke quisiera jugar con Moncho, pero cuando el gato corre, el perro lo persigue a toda velocidad (sin darse cuenta de la diferencia de tamaño), lo cual por supuesto asusta un poco a Moncho. Con todo, en ese sentido la cosa está siendo más fácil de lo que yo pensé.

Yo tengo que estar en control todo el tiempo en esta etapa de ajuste, en la que la interacción con otras personas debe ser mínima. J ha sido super apoyador con eso también; aunque se le antoja muchísimo jugar con el perro, entiende que es importante que Luke sólo me haga caso a mí y se limita a hacerle una caricia de vez en cuando. Una vez que ya estemos bien acoplados, Lucas disfrutará de muchos privilegios, como jugar con J.

Cuenta regresiva

Llegó el frío, los días cortos y la falta de sol, que hasta a mí me deprime. Hoy la temperatura máxima fue -1 y en la noche llegará a -12, el sol salió a las 7:42 y se puso a las 4:42. Termina el semestre y con ello aumenta el trabajo y los deadlines. Todo ello además de trámites burocráticos, formas que llenar, reportes e informes que preparar. Necesito optimizar el tiempo, pero sin dejar de hacer otras cosas como bloggear, cocinar y usar la caminadora.

Empieza la cuenta regresiva. Falta menos de tres semanas para que se termine el 2008 y lo mejor, ¡exactamente un mes para viajar a Nueva York en donde conoceré y entrenaré con mi nuevo perro guía! No sé nada sobre él o ella más allá de que es un buen match para mí, así que seguro es un perro de ciudad. Los perros guía son seleccionados casi a la medida del usuario. Hay que tomar en cuenta desde características físicas como fuerza y tamaño o la velocidad para caminar tanto del perro como de la persona ciega, hasta el ambiente en que trabajará el perro la mayor parte del tiempo: ciudad, suburbios o zona rural. Los perros urbanos son más tolerantes a ruidos fuertes y no tienen problemas para viajar en el metro o camiones, por ejemplo.

Sobra decir que muero de ganas de saber algo concreto sobre mi perro antes de enero. Pero por mucho que piense o especule no conoceré ni su nombre ni su género, ni sabré su raza o color antes del día que nos veamos por primera vez. Aunque la espera me ha parecido eterna, la noticia no pudo llegar en mejor momento, pues si bien creo que sí he mejorado utilizando el bastón, ahora que ya hay un poco de nieve y mucho hielo en la calle no me atrevo a salir sola. No tanto por miedo a resbalarme en el hielo, sino porque si todo está congelado es mucho más difícil distinguir señales como pequeños desniveles en el suelo o la diferencia entre distintas superficies sólo con el bastón.

Esta será la primera vez que me tocará entrenar con un perro nuevo en pleno invierno y estoy segura de que puede ser un reto en muchos sentidos. Aunque no me encanta la idea de pasar mucho tiempo a la intemperie con temperaturas congelantes, sí será positivo que tengamos que enfrentarnos a la nieve y el hielo desde el principio. Si superamos eso, creo que lo demás será mucho más fácil. Regresando de Long Island vendrá el instructor para terminar de entrenar en Toronto, en nuestros caminos y en nuestro metro. Así que aunque nunca pensé que diría esto, espero que sí haya mucha nieve (aunque no tanta como el año pasado)… mientras tengamos a alguien que nos supervise.

En ese sentido, el 2009 pinta bien para mí. Seguiré contando los días… ¿hasta el 12 de enero!

Perro guía vs. bastón blanco

Desde que recibí mi primera perra guía en 1994 hasta agosto de este año que murió Roger, creo que usé el bastón blanco menos de diez veces. Ahora que he tenido que utilizarlo en lo que entreno con un nuevo perro, valoro aún más el trabajo de estos animales. Para mí es una diferencia como del cielo a la tierra.

El bastón blanco es un signo casi universal que distingue a los ciegos. El principio para su funcionamiento es interesante. Hay que tomarlo de la parte de arriba y ponerlo como en diagonal sobre el piso, de manera que la punta quede más o menos un metro delante de la persona ciega e irlo deslizando hacia ambos lados, como haciendo un pequeño semicírculo. Al ir moviendo el bastón se va tanteando el camino y así es cómo el ciego se da cuenta cuando hay algo delante suyo y que tiene que hacerse hacia uno u otro lado para esquivarlo. Suena simple, pero está lejos de serlo.

Parte de la magia de tener un perro guía es que estos animales evitan y rodean los mismos obstáculos que constituyen indicaciones táctiles para el bastón. Además, los perros guía obviamente ven por dónde se puede pasar… aunque con el bastón sí es posible detectar que hay algo enfrente, no siempre es tan fácil encontrar el mejor camino o la mejor manera de rodearlo.

Con un perro guía definitivamente todo fluye más rápido. Se trata de un trabajo en equipo: la persona ciega tiene que saber a dónde va y cómo llegar a su destino, y el perro sigue las instrucciones de su amo y lo conduce evitándole obstáculos o señalándole escaleras, puertas, sillas, etc. El perro guía se convierte así en los ojos de su amo ciego. Ellos eventualmente sí terminan aprendiéndose los caminos que recorren frecuentemente, pero el ciego siempre debe saber a dónde va y cómo llegar para darle instrucciones precisas al perro. Es importante saber dónde dar vuelta, cuántas cuadras caminar, incluso de qué lado de la calle está el edificio que buscamos. Al llegar a un cruce de calle, el perro se detiene y es la persona ciega quien decide cuándo cruzar, una vez que escucha que el tráfico paralelo ha empezado a avanzar. Es importante cruzar recién que cambia la luz, para tener más tiempo. El trabajo del perro en el cruce consiste en llevar a su amo a la banqueta siguiendo una línea recta, lo cuál a mí me cuesta mucho hacer con el bastón.

Ahora que tengo que recorrer los mismos caminos por los que Roger me guiaba usando el bastón, me doy cuenta de que, a pesar de que llegara a distraerse, su trabajo era realmente excelente. Jamás me imaginé que hubiera tantos obstáculos que ahora yo me topo con el bastón: basureros, masetas, jardineras, árboles, anuncios de calles, bicicletas, hidrantes, bancas, paraderos de autobús,
parquímetros, postes, gente, etc. Si bien las banquetas en Toronto son más anchas que muchas en el D.F. usando el bastón me queda claro que en realidad son más angostas de lo que yo pensaba. Ahora entiendo por qué los bancos de nieve cubrían tanto espacio sobre ellas.

Por supuesto la práctica hace al maestro y hay ciegos que son sumamente hábiles con el bastón, mis respetos para ellos. Para alguien como yo, que he tenido la fortuna de tener un perro guía, la transición ha sido muy difícil… como decimos en México, definitivamente no me hallo con el bastón. Afortunadamente sólo es algo temporal, no puedo esperar para tener un nuevo perro guía.

Roger

Mi querido Roger:

El 15 de julio escribí una entrada en este blog en donde cuento un poco sobre ti. Hablé de la primera vez que nos vimos, justo 5 años antes, del entrenamiento en Nueva York, de nuestra llegada a México, y de cómo tú, al igual que Helen, aprendieron español. Lo titulé Cinco años con Roger para conmemorar el aniversario de cuando nos conocimos, sin imaginarme que más que un título, esa frase cobraría un nuevo significado poco menos de un mes después.

Yo siempre he sido muy clavada en las fechas. Desde que era niña me gustaba calcular en qué día de la semana había caído o caería algún cumpleaños o día de asueto. Me parece entretenido encontrar coincidencias en las fechas o días, además de que en general tengo buena memoria para recordar cumpleaños e incluso cosas menos trascendentes como qué día fui al cine a ver alguna película en particular.

El jueves 7 de agosto de 2003 nos entregaron nuestro diploma tras haber completado el entrenamiento en Long Island. Nos graduamos oficialmente como equipo y empezaba una nueva etapa. Jamás pensé que exactamente cinco años después tendría que despedirme de ti. Todavía no dejo de pensar en los tiempos y en la extraña coincidencia de las fechas.

El 7 de agosto de 2008, que por cierto también fue jueves, estábamos en Canadá, viviendo con J y los gatos justo desde hacía un año. Habíamos sobrevivido el invierno más crudo y con más nieve desde 1939, y yo ya me sentía bien encarrilada en el PhD, después de haber tomado los cursos más difíciles de toda mi vida y pasado los exámenes, además de haber superado alguna que otra crisis existencial. Gracias a tu ayuda, me sentía muy cómoda moviéndome aquí de manera independiente, aprovechando y embriagada con una libertad que no había conocido jamás en el D.F.

Ese día decidí bañarte en la mañana, para que estuvieras guapo y limpio para recibir a tus abuelos, mis papás que llegaban al día siguiente a pasar unos días de vacaciones con nosotros. Poco después de regresar de sacarte como todas las mañanas preparé las cosas en el baño y te llamé como siempre… y como siempre lo habías hecho, tú no querías bañarte, y mustiamente me ignorabas como si no oyeras. Como de costumbre, te soborné con una zanahoria bebé, pero cuando llegaste al baño no te la comiste. Aunque me pareció un poco raro, no le di mayor importancia. Te dejaste bañar apáticamente, pero cuando terminamos no te pusiste feliz como siempre, ni te sacudiste el agua, ni te saliste corriendo de la tina empapando todo, ni te empezaste a restregar contra la toalla ni moviste la cola como loco de felicidad. En lugar de eso, simplemente te echaste en el suelo y me dejaste secarte. Después llegó J y juntos intentábamos entender por qué estarías tan raro. Yo llegué a pensar en que te habías envenenado con algo que comiste en la calle sin que yo me diera cuenta.

A las pocas horas ya no querías levantarte, teníamos casi que cargarte para que te pararas. Llamé al vet para avisar que te iba a llevar y pedimos un taxi. Todavía te puse tu arnés para que fuera evidente que eras un perro guía y no perder el tiempo explicándole nada al taxista. Aunque te costó trabajo salir del taxi, entraste al consultorio caminando y al llegar te echaste en la sala de espera, en donde te examinaron y te hicieron varios análisis. Nos dijeron que había algo muy mal con tu corazón y que nos fuéramos a la sala de emergencias del hospital para animales, en donde el cardiólogo ya te estaba esperando.

Cuando Lynn, una señora que había llegado con su hijo a recoger a su perro que acababan de esterilizar, oyó que teníamos que irnos de urgencia nos ofreció llevarnos y con ello se ganó mi eterna gratitud. En verdad fue como un ángel guardián en ese momento. Tú estabas ya muy débil y te pusieron en una camilla que subieron en su camioneta. Llegamos al hospital en donde ingresaste a emergencias inmediatamente.

Menos de una hora más tarde, poco después de que terminamos de arreglar el papeleo de tu llegada a ese lugar, salió Karen, la doctora que llevaba tu caso. Nos informó que tenías una acumulación de líquido en torno al corazón, que le impedía latir de manera efectiva. ¡Por eso estabas tan débil! Ya te habían punzado para drenar el líquido y que así el corazón pudiera latir bien, estabas más estable y dentro de poco tiempo te veríamos. Te habían hecho más estudios y pronto tendríamos más información. Aunque Karen sí me dijo que era muy optimista pensar que tú volverías a trabajar, yo tenía esperanza de que te curaras y hasta me puse a pensar en la logística para llevarte a México usando por última vezz tu arnés y que así pudieras volar en la cabina del avión conmigo y que disfrutaras un muy merecido retiro en casa de mis papás.

Al poco tiempo Karen nos dio el diagnóstico: hemangiosarcoma. Se trata de un cáncer maligno de las células que forman los vasos sanguíneos. Este tipo de tumores se llenan de sangre y eventualmente se rompen, y es cuando esto sucede que se descubre la enfermedad en los perros. El hemangiosarcoma es un tumor sumamente agresivo, que se forma en aquellos órganos en donde hay mucha sangre como el bazo, el hígado y el corazón, y generalmente hace metástasis.

Karen nos dijo que si optábamos por seguir un tratamiento más conservador, en el que sólo te mantuvieran estable, estaríamos juntos unos pocos días más, diez en el mejor de los casos. También nos habló de cirugía y quimioterapia, con sobrevida de alrededor de seis meses. A mí me costaba asimilar todo lo que estaba pasando. Pero dado el pronóstico, J y yo planeamos traerte a la casa una vez que estuvieras más estable para consentirte unos días antes de despedirnos.

El resto de esa tarde estuvimos contigo en el área de terapia intensiva. Estabas muy adormilado, pero sí nos reconocías, levantabas la cabeza y hasta nos dabas la mano, como lo hiciste conmigo desde el primer día . Por supuesto tendrías que pasar ahí la noche, pero queríamos estar contigo lo más posible antes de irnos a la casa. Poco antes de que nos fuéramos, te volvieron a examinar. Tu corazón estaba lleno de fluido nuevamente, se había vuelto a formar en sólo tres horas. Karen habló con nosotros y nos dijo que tenían que volver a punzarte para estabilizarte de nuevo y que estos episodios podrían volver a repetirse en cualquier momento, que no sobrevivirías la noche. Te pusieron más suero, lo cual te estabilizó un poco, pero cada vez estabas más débil. Básicamente, tu cuerpo había ya tomado la decisión por nosotros. Aunque por supuesto yo estaba en shock, lo único que quería era evitar que tú sufrieras más y aunque se me partió el corazón, había llegado el momento de dormirte. Dejé de oír al resto del personal del hospital y a los otros animales que estaban también en terapia intensiva. J y yo estábamos en el suelo contigo, los tres fundidos en un abrazo fuerte e intenso, y Karen, ayudando a que te fueras en paz. Yo traté de contener las lágrimas tanto como pude, pues tú nunca soportaste que yo llorara.

El mundo se me vino encima. Tú, un perrote tan fuerte e inteligente, que podía sortear toda clase de obstáculos y guiarme aunque lloviera, tronara, nevara y hasta temblara (nos tocó al menos un temblor en la oficina en el D.F.), tan indefenso ante una enfermedad así. Tú, que el día anterior habías trabajado como siempre, jamás mostraste ningún síntoma. Todo sucedió en poco más de doce horas. Aunque lo rápido y sorpresivo del asunto lo hizo muy difícil para mí, sí agradezco que tú no sufriste mucho, que viviste hasta el último de tus días intensamente disfrutando tu trabajo, poniéndote feliz cuando te decía que habías hecho algo bien y siendo cariñoso hasta el último momento. Como los grandes, te fuiste en la cúspide.

Cuando esa noche J y yo llegamos a la casa abrimos una botella de tequila y brindamos por ti muchas, muchas veces. Todavía de repente me parece escuchar el sonido de tu collar y tus plaquitas, y hasta tus chilliditos casi imperceptibles, como cuando pedías atención especialmente si me veías acariciando a alguno de los gatos.

Al principio me sentí culpable. Pensé que el stress al que estuviste sometido con todos los cambios y teniendo que trabajar mucho más desde nuestra mudanza a Toronto habría tenido algo que ver. Pero ahora que he leído más sobre el hemangiosarcoma entiendo que nada de lo que yo hice o pude haber hecho hubiera cambiado las cosas. En la mayoría de los casos la presencia del tumor se descubre cuando ya es demasiado tarde, después de que su ruptura provoca hemorragias internas o anemia que hacen que los perros colapsen, o como en tu caso, generan una falla cardiaca. Como leí en algunos sitios, es un asesino silencioso (silent killer).

Roger, todavía te extraño, pero quiero que sepas que estoy bien y seguiré adelante. Aceptar tu pérdida no ha sido fácil, aunque no dejo de reconocer que dentro de todo, tuvimos mucha suerte. Incluso suponiendo que hubiéramos podido detectar tu enfermedad unos meses antes, con un pronóstico tan malo no me hubiera gustado someterte a un tratamiento que te hiciera sufrir innecesariamente y sentirte mal. Por supuesto que te habría jubilado para que disfrutaras tu vida sin trabajar mientras yo entrenaba con un nuevo perro guía y muy probablemente habríamos tenido que separarnos. Pero el saber que te quedaba tan poco tiempo con nosotros hubiera sido horrible.

Siempre pensé que estarías conmigo cuando yo terminara el PhD y poder así llamarte Dr. Roger. Me habría gustado mucho que hubieras podido disfrutar unos años sin trabajar, tal como Helen. Pero las cosas no siempre son como las planeamos. Y a pesar de que el tiempo que estuvimos juntos fue relativamente corto, fue muy intenso. Tú, mi segundo perro guía, siempre alerta, siempre dispuesto a trabajar en el momento que yo quisiera. Me enseñaste tantas cosas… J y yo decíamos que eras un perro sabio. Tenías mucha personalidad y una capacidad fuera de serie para comunicarte y expresar lo que querías. Te preocupabas tanto cuando yo estaba triste o enojada. El vínculo que nos une es muy fuerte. ¡Conociste todos mis secretos! Fuiste para mí mucho más que un guía. Viajamos, compartimos muchas aventuras y anécdotas, juntos superamos situaciones difíciles. Me encanta que hayas sido un perro NAFTA: nacido en EEUU, que vivió en México y después emigró a Canadá. Intenso y ocurrente en todo lo que hacías, incluidas tus travesuras, como cuando te comiste los 200 pesos que yo había dejado sobre mi cómoda.

Tú seguirás viviendo en mi recuerdo y en el de toda la gente que te conoció, ¡que fue mucha! Y como Helen, estarás presente en cada uno de mis éxitos. Ambos me dieron libertad y me acompañaron en etapas muy importantes de mi vida. Tú me diste la seguridad y confianza que necesitaba para empezar en una ciudad nueva y desconocida y me dejaste ya encaminada en Canadá. Descansa en paz, mi adorado perro guía. ¡Misión cumplida!

Cinco años con Roger

Roger y yo nos conocimos el 15 de julio de 2003 y fue amor a primera vista. De entrada movía la cola sin parar, después se sentó en frente de mí y me dio primero una mano, luego la otra. Cada vez que yo le soltaba una mano él la cambiaba por la otra, como buscando contacto conmigo. Después se tiró al suelo para que lo acariciara. Aunque mi entrenador ya me había dicho que el mejor match para mí sería un perro algo grande, cuando lo vi por primera vez sí me impresionó su tamaño. Roger es una cruza de labrador con golden retriever completamente negro. Tiene el pelo un poquito más largo, la cabeza y las orejas más grandes, y la cola más gruesa que un labrador puro. Creo que es una perfecta mezcla de las dos razas tanto físicamente como en su comportamiento. Los golden pueden ser bastante tercos, aunque muy inteligentes. Helen era una labrador negra, por lo que yo estaba ya habituada a esa raza. Había leído en varios sitios de Internet sobre perros que los golden son extremadamente cariñosos, pero no sabía a qué grado. A veces creo que Roger podría vivir sólo de cariño, que es mucho decir dado su enorme amor por la comida; cuando está sin arnés y ve comer a alguien, lo demuestra con ojos tristes mientras le tiembla la mandíbula y se le escurren gotas de baba del antojo. ¡Y conste que él no se alimenta más que de croquetas! Además, es impresionante su capacidad de agarrar del suelo cualquier cosa que parezca comestible en una fracción de segundo. Yo digo que es como aspiradora portátil.

El entrenamiento en Nueva York fue muy intenso. A pesar de saber cómo trabajan los perros guía e incluso haber tenido uno o varios, es necesario entrenar con el nuevo perro desde casi lo básico, para que ambos miembros del equipo se acostumbren a hacer las cosas juntos. Por ejemplo, el perro tiene que aprender cuánta fuerza usar para jalar a su dueño y evitar así obstáculos, además de recibir comandos de una nueva persona. Para mí lo más difícil en un principio fue acostumbrarme a la diferencia de tamaño entre los dos perros… Helen era, aunque algo gordita, chica. Roger es un perrazo cuyo lomo me llega algunos centímetros arriba de la rodilla. A pesar de su tamaño, es, como le decían algunos de los entrenadores, Gentil Giant.

Siempre me ha dado mucha ternura cuando pienso en la cantidad de cambios en la vida de los perros guía. A los dos meses van a vivir con sus puppy walkers, una familia adoptiva con quienes pasan el primer año de su vida, tan pronto los separan de su madre. Ahí aprenden a ir al baño con correa y por comando, les enseñan obediencia y los socializan, llevándolos a muchos y variados sitios públicos, medios de transporte, etc. Una vez que los perros regresan a la escuela, por lo general no ven más a sus antiguos dueños. Después de pasar varias pruebas físicas y de temperamento, empiezan a recibir el entrenamiento formal como guía para ciegos. Durante esa etapa por supuesto el vínculo principal es con su entrenador, pero después de graduarse, por lo general no vuelven a verlo.
En agosto de 2003, a poco menos de un mes de habernos visto por primera vez, llegamos al DF para empezar nuestra nueva vida juntos. Además de todos los cambios normales en un perro guía, el pobre Roger no entendía español. Claro que Helen estuvo en la misma situación muchos años antes. Los comandos para guiarme siguieron siendo en inglés para evitar confusiones y porque así fue el entrenamiento, pero lo que hice, sin pensarlo en realidad, fue que los nuevos comandos o palabras que le iba enseñando tanto a Helen como a Roger eran en español. Fue muy chistoso que la primera palabra que los dos perros en su momento aprendieron fue “quieres”, que identificaron con algo placentero para ellos: quieres una treat? Quieres comer? Quieres agua? Cada perro fue aprendiendo más palabras hasta que el español se volvió algo natural para ellos. Lo importante para los perros, incluso más que las palabras, es la entonación. Yo creo que eso de hecho ayudó a mis dos perros a aprender español.

Ahora que Roger y yo nos mudamos a Toronto me doy más cuenta que nunca de cuánto le hablo en español y sobre todo, de que él está super cómodo con ello. Hay palabras en español que parecería le gustan más que en inglés. Por ejemplo, el comando para que camine más rápido es “hop up”, pero, a no ser que se lo diga con un tono de voz super alegre, a Roger como que le da igual. Un día, después de repetírselo varias veces, de plano le dije “en chinga” y ¡entonces sí aceleró! Y de hecho acelera siempre que se lo digo. Cuando en hora pico las puertas del metro se abren y debemos esperar a que la gente termine de salir para meternos, siempre le digo “inside” (que es el comando que él aprendió) y luego agrego “métete cuando puedas”, lo cual impresiona mucho a la gente. Aunque aquí están muy acostumbrados a oír cualquier cantidad de idiomas, varias personas me han dicho que mi perro es muy inteligente, que “habla español”, que cómo es eso, que de dónde somos. Cuando les digo que yo soy mexicana y él en realidad es de Nueva York y está entrenado en inglés, pero que aprendió español conmigo, se impresionan. La verdad me gusta que mi perro sea bilingüe, un gringo que aprendió español.